En estos días estuve de trasteo. Y una vez más, como siempre que decido "mudar mis aposentos", maldije a toda la cultura occidental. No a una sola parte de ella -digamos a los 18 tomos de la Historia del Imperio de Thiers, o a los 45 tomos de las obras completas de Voltaire, o a los 315 de las obras selectas de Lenin-, no: maldije a todo Occidente en su siniestro conjunto, desde los himnos de Homero hasta los magistrales relatos de mi amiga Mónica Chamorro, publicados recientemente en Popayán.
Porque uno se pone a comprar y a comprar libros, y así se le va la vida poblando su casa (y su vida) con esos compañeros silenciosos y leales que siempre están allí, a la espera de que por fin una tarde, porque sí, de golpe, con la ayuda certera del azar, alguien los devuelva al mundo y los justifique. Miles de árboles talados por la tinta. Miles de hojas secas. Destinos vertidos allí, antes de borrarse con los días. Tengo un ejemplar del siglo XVII, las Memorias de Fray Pedro Urraca, con una firma y una enigmática protesta de la misma mano: "De Jacinto Bueno y Cuadra. Hoy, antes de las vísperas, no han llegado las camisas". En verdad, un misterio. Casi una novela ese ex libris.
Siempre, con mis libros viejos, me da por averiguar a quién le pertenecieron antes. Por dónde anduvieron, por qué mares. Hace años compré en Cali libros de la biblioteca de un señor que debía de ser muy erudito, pues sus anotaciones sobre los textos resultan muchas veces mejores que los textos mismos. Sólo tengo su nombre, Celedonio Piñeres, y nunca le había dado las gracias. Ni se las había dado a Margarita y a Mauricio y a María Mercedes y a Álvaro José, que me hicieron tan feliz con esos tomos que yo veía desde niño en las fotos, tratando de descifrar los títulos y las ediciones.
Es la bibliopatía, digámoslo claro. Pero a la hora del trasteo, es cuando uno se arrepiente de no haberse aferrado con toda el alma a la ignorancia y a la simpleza, en vez de estar perdiendo el tiempo con algo tan absurdo y tan pesado (nunca mejor dicho, créanmelo) como la cultura. Algo que además de llenarnos de angustias y de inquietudes y de marañas, termina por desplazarnos hasta de nuestra propia casa. Les confieso que este fin de semana, perdido entre cajas y pergaminos, despojado ya de toda esperanza, me pregunté de veras si no había llegado la hora de rendirme. Botar al diablo esos malditos libros, y meterlos más bien, sin un remordimiento, en el IPad o en el Kindle.
Además porque yo no soy sólo compulsivo sino también aberrado -hablo exclusivamente de la biblioteca, por desgracia-, y llevo décadas comprando libros de la más extravagante índole, muchos de los cuales sé que no voy a leer jamás. Tratados de navegación, por ejemplo, o guías de viajes de los siglos XVIII y XIX. Compro a los pésimos cuentistas de la España isabelina, como don Antonio Trueba, porque ese me parece el mejor de los talentos: el de la mala literatura que es tan mala, que es magistral. ¡Con decirles que tengo la obra completa de Jeffery Farnol!
Así que iba a botar mis libros en una gran inmolación. Por los aires, entre el fuego. Pero no lo hice. No fui capaz. Porque detrás de todo esto estaba una reflexión que me ha acompañado siempre, y que de alguna manera ha sido la razón de mi vida: ¿Sirve para algo la cultura? ¿Sirve para algo leer, tener libros, saber cosas? ¿En un mundo de seres alienados que apenas son la prolongación de sus teléfonos?
No lo sé. O sí: sí lo sé. La cultura (la belleza, el vino) no sirve para absolutamente nada. No nos hace más ricos, ni más felices, ni más fuertes. No nos permite conquistar más o mejores mujeres, ni retenerlas tampoco. Pero sí nos hace distintos, y nos cura de la soledad, de la inconsciencia, de la indolencia.
Tampoco sé si eso sea bueno. Sólo sé que hoy puse mis libros de Dickens en su nueva casa, y recordé lo que me enseñó Asita de Mallarino a los 12 años: que los árboles mueren de pie.
Por:
juan Esteban Constain
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